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En septiembre del 2010, hice la primera sesión de retratos dedicada. Contacté con una modelo (¿o fue ella que contactó conmigo?) y quedamos en Begur, donde ella veraneaba y donde vivía mi madre en aquel entonces.

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Fue algo surrealista tener a la modelo en tanga por toda la casa, mientras mi madre “preparaba la comida” por decirlo de algún modo… Pero tenía que ser así. O eso pensaba entonces. Porque si ella iba vestida de aquella manera (o desvestida de esa manera) era porque trataba de realizar una sesión íntima y evocadora.

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Usé tanto la cámara digital como la Hasselblad de carrete, una costumbre que casi me ha acompañado desde entonces. Me hace sentirme más seguro, aunque siempre o casi siempre acabe escogiendo las analógicas al final. Con ciertas excepciones, claro.
Recuerdo que el fotómetro que llevaba para medir la luz se me estropeó justo en el momento en que iba a realizar la primera toma analógica y no tuve más remedio que guiarme de la exposición que me daba la cámara digital. El resultado fue que las fotos de interior me quedaron subexpuestas, pero en lugar de convertirse en un problema, resultó ideal para el carácter que pretendía de esa evocadora y nostálgica sesión.

A día de hoy, seis años después, sigo buscando mi camino. Y me encanta. Porque así no me estanco y evolucionar en mi caso, siempre va a significar mejorar.